Soledad 103
Sir A. J. R.
Todos los lugares, personajes y hechos que aparecen y se desarrollan en la siguiente historia son realmente ficticios
Uno. Antes de todo lo demás.
Hasta donde llegué a saber, las historias que vivimos los seres humanos sólo duran un instante. Algo tan pequeño, que su medición, en estos días, no es posible.
Me refiero al presente, a la frontera entre pasado y futuro. Lo que hacemos al vivir, entre otras cosas, es caminar entre un futuro imaginado que cuando llega ya es presente y un pasado al que nunca se puede volver y que forma parte, otra vez y entonces, de tu presente. Por eso, lo que parece que vivimos nos resulta efímero y con el tiempo, nos quedará más de uno que de otro; sin embargo, de presente, siempre nos quedará lo mismo.
Así, el presente parece permanecer inmutable en su duración; eso que no podemos medir, siempre mide lo mismo: del nacimiento a la muerte tenemos el mismo tiempo de presente. La calidad de ese tiempo es lo que altera el tejido que forman el espacio y el tiempo; por eso, gracias a que se descubriera el Gravitón y a alguna cosa más, se pudo comprender por qué las personas sentimos a veces un momento de tiempo como algo eterno, que no va acabar nunca, y otras, ese mismo momento, lo sentimos como algo fugaz.
Ahora sabemos que sólo es el espaciotiempo en nanocurvatura.
Cuando esta historia comenzó, no sabía nada de todo esto y además estaba vivo.
En esos momentos yo era un hombre adulto que guardaba un secreto en mi corazón: un secreto de amor. Mis días eran dolorosos y tristes todas las horas del día y durante la noche, los sueños continuaban la tortura a la que me estaba sometiendo mi mente más emocional.
En la época en que sucedían estos hechos, las sociedades con más poder económico tenían a su alcance medicamentos, psicólogos y un sinfín de entretenimientos que ayudaban a pasar el duelo. A mí no me funcionó nada.
Pasó el tiempo y tampoco cambió nada. Los días seguían siendo horribles y tediosos. Intenté llevar una vida sin altibajos: trabajaba, veía a mi familia una vez a la semana, hablaba con amigos; reflexionaba mucho, pero, en cualquier momento volvía el dolor.
Al no saber salir de ahí, poco a poco me fui aislando porque me costaba mucho relacionarme. Me mudé a una zona muy tranquila de una ciudad dormitorio cerca de la capital y me instalé en la soledad del 103.
El 103 era el número del apartamento de veinticinco metros cuadrados que había logrado alquilar. Los precios en aquellos momentos estaban sujetos a la codicia de las personas y parece que esta no tiene límite. Así que tenía que trabajar en dos sitios para pagar el alquiler y los gastos: los sueldos estaban sujetos a los mismos condicionantes que los alquileres.
Como lo único que hacía todo el día era sufrir y haciendo cosas, algunas veces, conseguía que durante unos minutos mi corazón no estuviera encogido y suspirando, decía que sí a cualquier oferta de trabajo que me llegaba. Hubo un tiempo que trabajaba los siete días de la semana.
El apartamento tenía un pequeño espacio con cocina americana y un baño independiente. La puerta estaba a pie de calle. Al entrar, tenías que bajar tres escalones por lo que el suelo estaba por debajo de la acera de la calle y la única ventana que había, quedaba por encima de la cabeza, lo que permitía ver un trozo de cielo recortado por la silueta de los tejados. Uno de los trabajos lo realizaba desde este lugar. Había colocado una mesa grande debajo de la ventana. Tenía un ordenador y un equipo de música. Para hacer dos espacios, había puesto una mesa perpendicular en el centro del apartamento y al fondo un sillón cama donde nunca descansaba. Hacía muchas cosas porque no quería estar así, no quería estar sufriendo y pensaba que aquello se atenuaría con el paso del tiempo.
Lo primero que cambió, respecto a finales anteriores, fue la última vez que la vi. No hubo reproches, ni enfados: un abrazo largo y amoroso que ojalá no hubiera acabado nunca y un deseo de la mejor de las vidas para ambos. Fue así, porque no era la primera vez que perdía un amor: en este caso perdía una vida en común de amor y amistad porque, además de ciego había estado gilipollas y eso es difícil de remontar. Así que, ya que había hecho el tontoelculo desde que la conocí hasta ese momento, decidí obviar con cariño su propuesta de amistad y un poco después de haberla suplicado nuevamente que se quedara conmigo, me marché despacio, ansioso y bastante jodido.
Sus razones y pretensiones eran lógicas como la tabla de multiplicar del uno: no me amaba, no quería estar conmigo, pero no quería perderme como amigo. Como eso no podía hacerlo aún, me fui a la distancia adecuada para que no pudieran escucharse mis lamentos y como todo amante decapitado y experimentado me encomendé, como ya he dicho, al paso del tiempo.
Habían pasado dos años y siquiera un tenue velo de paz mental difuminaba su presencia. No había conocido a nadie en todo ese tiempo y dejé de salir, de buscar y de querer: me rendí. En este estado emocional me instalé en el apartamento del 103.
Durante un año hice todo lo que pude para mejorar de la debacle emocional a la que me sometía a mí mismo; solucioné mis problemas económicos anteriores gracias a mantener varios trabajos en el tiempo y nunca llamé ni me hice notar. No se puede hacer nada cuando alguien no quiere estar contigo porque si quisiera estaría: lo demás son los detalles que no calman el dolor.
Así que tenía una vida que no sabía vivir; o quizá no quería saber. Durante unos años fue así. Ahora lo veo más claro y entre otras muchas cosas, lo que hacía era esperar.
Y en ese estado hubiera de haber perdurado si no me hubiera muerto.
Recuerdo que era viernes y era invierno. La zona de la Tierra en la que vivía era de clima continental que se aplicaba duramente sobre la estepa que fue antaño. Entonces era una ciudad del extrarradio de la Gran Urbe con miles de habitantes que vivían sobre un alquitrán que devolvía lo mejor de cada estación: gélidos inviernos y olas de calor.
Ese viernes fue cuando se público en los periódicos que se había parado el núcleo de la Tierra y que, además, en un giro inesperado, se había puesto a rotar hacia el otro lado. La cosa se puso caliente y más que nada, qué curioso, por el frío: si la noticia hubiera caído en mitad del tórrido verano no hubiera sucedido nada de lo que ocurrió después.
Ya por entonces, yo era una persona de ciencia y no tenía mucho tiempo para valorar las consecuencias de la noticia del núcleo díscolo, porque iba a llegar con el tiempo justo a mi trabajo matutino; así que salí del apartamento con la idea de mirar la noticia en otro momento.
A veces, muchas veces, tienes la posibilidad de elegir y eliges mal. Hoy sabemos que es necesario que esto ocurra y no sólo por el Gravitón, sino por la cuarta ley de Newton/JJ+M[1] que se puede resumir de manera cuántica como “cuando ya estás allí puede que no hayas llegado y al mirarlo no ves nada: por eso si miras después, es probable que no llegues aunque hayas podido estar”.
Ese día yo no reflexionaba sobre nada de esto, por supuesto. Lo que iba pensando era que dónde estaba el coche. Los barrios de descanso, son esas calles de la ciudad donde terminan sus horas diarias, las personas que viven en esos edificios, justo antes de ir a dormir; y las personas, entonces, tenían coches; muchos coches que ocupaban todos los sitios; y cada día tenías que aparcar en un sitio diferente; y cada día tenías que acordarte de dónde cojones estaba. Eso es lo que iba pensando.
Después de recorrerme a buen paso varias calles lo encontré justo donde lo había dejado la noche anterior y aunque no fuera culpa suya me metí dentro mosqueado con él y no le hablé en todo el trayecto. Es verdad que, mientras conducía de camino al trabajo, me sentía extraño sin tener una razón clara. Observé a mi alrededor por si era ajeno a alguna situación que estuviera sucediendo y que, por mi forma de vida ermitaña, no hubiera advertido. Las situaciones que valoraba eran tan prosaicas como el eterno partido del siglo o un puente vacacional largo, que eran las dos cosas habituales que vestían a esos momentos con un velo de irrealidad. Cuando eso sucedía, las calles se vaciaban de personas y coches. Si mirabas hacia las ventanas de los edificios, en muchas de ellas se apreciaban sombras y reflejos de individuos que se movían en el interior, mientras, la soledad de las calles, dejaba al silencio descubierto y sorprendido.
Esa mañana había pocas personas, pocos coches y los partidos no se jugaban a esas horas. Quizá fuera puente. Así que seguí mi camino, con mi nueva duda y con la mierda de coche ese, dirección a mi trabajo matutino.
Aunque ese día no era un problema, recuerdo que para evitar el tráfico denso que se formaba normalmente a esas horas, realizaba un trayecto por zonas industriales que terminaba a tres rotondas de las oficinas donde trabajaba. En la última de esas rotondas ocurrió otro hecho que, aunque no tenía ninguna relación con los grandes acontecimientos que ocurrirían después, consiguió colocar mi nivel de alerta en un peldaño superior.
Entre rotonda y rotonda la carretera era recta y de dos carriles; yo iba conduciendo a una velocidad ligeramente superior a la que marcaban las señales y observé por el espejo retrovisor que se acercaba un coche blanco a gran velocidad. Se pegó a mi automóvil pidiendo paso y a una distancia tan pequeña que pude apreciar que se trataba de un hombre. Esas actitudes me enfadan; no era una urgencia, bueno sí: era su urgencia, la que fuera. Existen muchas personas que se creen todo lo que se dicen a sí mismos y hacen un filtro a la realidad donde el resultado es siempre ellos y solamente ellos. En aquella época remota o en la actual esto sigue siendo igual.
Así que le tuve detrás de mí sin dejarle pasar hasta que llegamos a la penúltima rotonda donde me adelantó, haciendo rugir el motor y casi derrapando, mientras giraba. Pensé que el subnormal iba a crear algún problema a alguien con esa conducción y un minuto después, cuando llegué a la entrada de la última rotonda, me encontré con que había parados dos coches y el primero era el del tonto los huevos este. Así que yo era el tercero en discordia. La situación estaba así cuando la alcancé y no vi señales de accidente ni nada parecido. De repente salió del coche un hombre joven, ni alto ni bajo, vestido con un pantalón beige, camisa celeste y en los pies unos zapatos cómodos marrones. Se dirigió muy airado y señalando con el dedo al conductor del coche que estaba delante de mí y al que no podía ver desde mi posición. No entendí mucho de lo que decía, excepto que le recriminaba al otro conductor que no había parado en la rotonda y en cada palabra, se alteraba más y más hasta que el gesto se le transformó en rabia y le soltó una patada a la parte de la puerta del conductor que aún, para mi, permanecía en el anonimato. Se dio la vuelta y se metió en su coche.
Al mismo tiempo vi como en el coche agredido alguien se quitaba el cinturón, abría la puerta y salía a toda prisa. Era una mujer joven vestida con un pantalón vaquero ajustado, un jersey azul oscuro y un calzado deportivo blanco y cómodo también. La mujer se dirigió visiblemente alterada hacia el coche diciendo algo que no pude entender completamente, aunque terminaba en “hijoputa”. Buscó con la mirada un lugar en el coche y le soltó una patada de similares newtons a la que había recibido su vehículo. Se dio la vuelta y vi su cara desencajada y también vi que su coche empezaba a caer sobre el mío porque en las prisas de la venganza el ser humano siempre se deja algo y ella se había dejado sin poner el freno de mano.
En toda esta escena, cuando la cámara de la vida giró hacia mi, me pilló aún con las dos manos en el volante y convencido, por un cálculo rápido de distancia, aceleración, velocidad y fuerza, que mi coche iba a recibir un pequeño impacto. Pero no fue así. La mujer joven también observó el movimiento y se lanzo dentro del coche y al segundo bamboleo las ruedas se frenaron.
La chica metió la parte del cuerpo que se le había quedado fuera dentro del coche y cerró la puerta. Delante, el primer automóvil, después de unos segundos de tensión, salió a gran velocidad, mientras la chica y su vehículo, cinco segundos después, se marchaban un poco más despacio y por otro camino.
Yo seguía con las manos en el volante y miré por el espejo retrovisor esperando una cola de coches pero allí no había ninguno. Estaba solo.
Aceleré, salí de la rotonda en la segunda salida y aparqué cerca de la parada del autobus, pegado a la marquesina roja donde lo hacía habitualmente. Al salir del coche miré a mi alrededor y observé que, al igual que del lugar de la ciudad de donde venía, había muy pocas personas por la calle y pocos coches circulando, pero ya digo que, en mi razonamiento temprano, aún pensaba que quizá era puente.
Los escasos metros que me separaban de la puerta del edificio de mi oficina los hice reflexionando sobre lo importante que es, cuando te vistes por la mañana, elegir bien el calzado.
[1] Jöel Scherk y John Henry Schwarz y la teoría M et al.
n.a. Los herederos de Newton respecto al valor de un sigma 10 alcanzado en la desviación típica de los experimentos que llevaron a la consecución del Nobel y aún reconociendo la buena medida, consideran que los físicos teóricos se han excedido en sus matemáticas por obviar ciertos infinitos y fluctuaciones estadísticas y que, aunque el 99,9999999999999999999999999931416 (99 casi pi) por ciento es un buen dato, no deja de ser una aproximación.
Dos. Antes de latir.
La mujer observaba su reflejo en el cristal del escaparate. Era una tienda de ropa y accesorios situada en el centro de la Gran Urbe. Le gustaba lo que veía ese día.
Tenía una cara bonita y elegante, de esas que son difíciles de obviar y complicadas de olvidar. Llevaba el pelo corto, de color castaño natural, que surcaba su cabeza en bucles aleatorios como si el pelo mismo fuera un reflejo de su pensamiento. Pero no era por eso. La cabellera era similar a la de su padre y de alguien tan cabezón no podía esperarse otra cosa, pensó con ironía. Los ojos eran herencia de su madre y mirando en ellos puedes sentir lo que es hundirse en la profundidad del universo.
A ella le había parecido una tontería y algo fuera de época, pero era lo que le había dicho el artista callejero cuando se acercó a dejarle 10 créditos en un sombrero colocado en el suelo. En realidad, el sombrero contenía un dispositivo vinculado con la cuenta personal del teatrero. Al realizar el gesto de echar algo dentro, comunicaba con otro dispositivo, en este caso un reloj de Luna que ella llevaba alrededor de su muñeca y, con un consentimiento previo, se producía el intercambio. La canción que estaba tocando era bonita y diferente a lo que normalmente escuchaba.
Se sentía molesta porque no se le iba de la cabeza la expresión de su rostro al decirlo. Sabía que antiguamente, mucho antes del Gravitón, habían existido personas que vivían la vida más con el corazón que con el cerebro, pero eran problemas que, hoy en día, como muchas cosas, se solucionaban con medicación.
Llevaba un buen rato parada frente al escaparate y aún no había podido enfocarse en los maniquíes que se movían en el espacio interior. Las figuras no se distinguían de una persona a simple vista. Su función era parecer un ser humano y realizar las actividades y movimientos necesarios para que el comprador pudiera apreciar no solo cómo le quedaría la ropa en una posición, sino en todas las posibles. En realidad, ella no necesitaba probarse nada porque tenía un dispositivo en forma de reloj que le permitía cambiar de ropa, maquillaje e incluso de peinado a su antojo, en el momento que lo deseara. Era un regalo que le había hecho su madre por su último cumpleaños. Un regalo muy caro. Simplemente con decir el número del escaparate, el reloj lunar hacía el resto. Los complementos aparecían y se ajustaban a su cuerpo a la perfección. También podía ponerlo en modo emoción para probarse decenas de vestidos mientras andaba, dependiendo del ánimo que tuviera. Esto era algo muy novedoso y no estaba al alcance de cualquiera: de cualquiera que no tuviera dinero.
En ese momento se estaba desarrollando una escena de oficina con siete u ocho figuras: unas trabajando en las pantallas de aire cromático, varios reunidos en una sala pequeña aparte, otros tomando café y dos hablando junto a la fotocopiadora mientras no paraban de salir impresiones de papel de aire de colores, con el logotipo de la tienda y el precio de las diferentes prendas.
Memorizó los códigos de varias cosas que le gustaban y luego entró en el edificio.
Al acceder al interior, pasó por un pasillo iluminado con pequeños escaparates a los lados donde se desarrollaban situaciones diferentes, dependiendo del producto que se pretendía vender: calcetines puestos en unos pies, unidos a un cuerpo que roncaba en una cama y, de repente, los calcetines salían de los pies y volaban entre rachas de viento y nieve, para aparecer como la última salvaguarda de un heroico escalador que llega a la cima de la gélida montaña más alta del mundo. Perros olvidados en los aeropuertos por amigos despistados, que cruzaban el mundo por tierra y mar para llegar con éxito a su hogar gracias al collar de última generación que, aunque no llevaba localizador, permitía al canino orientarse en toda la galaxia. Una rosa que aparecía pletórica y llena de vida, se convertía en piedra al rozarla los rayos del sol, aplastándose a sí misma y soltando una sustancia que se recogía por pequeños canales que llegaban a un frasco de cristal en el que aparecía el nombre de la fragancia: Te lo di todo.
La mujer calculó que el pasillo medía unos cincuenta metros de largo por cuatro de alto y terminaba en unas puertas que desaparecían, difuminándose en el aire cuando alguien entraba o salía. Cuando se disponía a pasar por las etéreas puertas, se fijó en uno de los escaparates que tenía una iluminación oscura y profunda en la que estaba suspendida una hoja de espejo negro, de cuerpo entero, que parecía formar parte del aire porque no tenía ningún borde ni nada que lo diferenciara de la realidad como un objeto aparte.
Se emocionó, porque sabía lo que era aquello, ya que años atrás había sido una de las descubridoras de la partícula que hacía posible curvar el espacio tiempo en cualquier lugar. Buscó con la mirada por todo el interior del escaparate, porque no entendía cuál era el producto que se pretendía vender. Esperó un par de minutos, pero no ocurrió nada y se dispuso a caminar hacia el interior del centro comercial. Sin embargo, al girar la cabeza, por el rabillo del ojo, vio algo reflejado en el espejo. Giró otra vez la cabeza, pero no vio nada.
Le había gustado el truco. Pensó que en algún sitio habría un sensor para disparar unas imágenes que solo se podían ver en esa posición. Se puso de perfil otra vez, pero nada diferente devolvió el espejo negro. ¿Había visto mal? Lo que le había sorprendido era el posible mecanismo, porque a ciencia cierta sabía que nada se podía reflejar en el espejo ya que era un horizonte sin sucesos.
Durante siglos se le había llamado el horizonte de sucesos porque parecía que nada podía salir, ni siquiera la luz, pero claro, eso se pensaba antes del Gravitón, y resultó que no era así. Nada puede entrar y salir de donde no hay nada, donde nada sucede. Este, precisamente, era el campo en el que estaba trabajando ella actualmente.
Sabía que los espejos negros se comercializaban desde hacía mucho tiempo, pero como algo decorativo y sin más función que tener un lugar en la casa o en la empresa donde mirar y sentir que no ocurre nada. Se pusieron de moda, y era extraño encontrar una casa en la que no hubiera uno. Pero no se les había encontrado otra utilidad, lo que hacía que aquel escaparate le resultara intrigante, porque el espejo no era lo que estaba a la venta y solo formaba parte de la mercadotecnia, sin embargo, por mucho que miraba en el espacio en el que estaba el espejo, no entendía cuál era el producto.
Giró un par de veces más la cabeza y, al no observar ninguna imagen o reflejo, pensó que habría sido una ilusión óptica y decidió no darle más importancia al suceso. Comenzó a caminar hacia las puertas volátiles y entró al interior.
En el espejo negro, unas sombras se movieron durante un segundo y, de nuevo quedó la sensación de que no había sucedido nada.
La tienda era de una belleza que conmovía y predisponía a comprar. El techo era una cúpula de cristal que, dependiendo en qué lugar te encontraras, mostraba una meteorología diferente.
Cuando la mujer pasó por la zona de camping, el clima cambiaba gradualmente según se recorrían las diferentes secciones: de un día soleado y apacible, en las áreas más económicas y de materiales más livianos, a una noche oscura con una ventisca de lluvia y nieve en ráfagas intermitentes, que no lograba levantar la tienda del suelo ni con sus mejores torbellinos. Si te alejabas de los diferentes stands y caminabas por el centro del edificio, al mirar hacia arriba a través de la cúpula, se observaba parte de la Vía Láctea y cientos de otras galaxias lejanas, nebulosas y estrellas. Ella recordaba que, el día de la inauguración del centro comercial, fue todo un acontecimiento gracias a la ventana al universo que suponía esa cúpula. Realmente, el área de la cúpula donde se podía apreciar tan nítidamente el firmamento lejano, era un telescopio de cristal de berilio. Este elemento, era recogido y tratado en estaciones industriales espaciales. Grandes naves que disponían de la tecnología para manipular estos materiales que traían los vientos estelares provenientes de una supernova cercana. De hecho, una de las cosas que había memorizado para comprar cuando estaba en el escaparate tenía que ver con el berilio.
– ¿Lila? ¿Eres tú, querida?
Había reconocido la voz de su amigo, lo que le provocó un acto reflejo, naturalmente involuntario, que se transformó en un intento torpe de cambiar de dirección para evitarlo. Sin embargo, la voz del hombre había sonado tan fuerte que resultaba imposible fingir que no lo había escuchado. Notó que un leve rubor se apropiaba de sus mejillas y lo contuvo enfrentándose a la situación. Sonrió a su amigo, que se acercaba hacia ella acompañado con dos mujeres jóvenes a las que no dejaba de hablar. Ellas parecían encantadas con la conversación del hombre y las sintió, no entendía el porqué, alegres y felices.
– ¿Yoni? –su voz sonó entrecortada.
Yoni era un hombre alto y bastante atractivo, pero lo que atraía la atención de él a primera vista era su atuendo. Ese día, vestía una especie de túnica de cuerpo entero de un azul intenso. En la cintura, llevaba un objeto que circundaba su cuerpo. Era un tipo de orfebrería que solo un gran orive podía realizar: delicados hilos de plata que se entrelazaban alrededor de su talle y se dirigían, extendiéndose por finos regueros, hacia pequeñas piedras de lapislázuli con las que se unían, antes de seguir su camino buscando nuevos abrazos argénteos.
– ¿Cómo estás, cariño?
El hombre la envolvió entre sus brazos con fuerza y la levantó del suelo haciéndola girar y, como si de un paso de baile se tratara, la devolvió al suelo suavemente.
– ¡Estás guapísima!
La separó un poco de sí mismo para observarla mejor.
– Los años te añaden, querida. ¿Dónde has estado? ¿Cuándo, cómo, por qué? ¡Cuéntamelo todo, por favor!
Lila lo observaba como si entre los dos hubiera una gran tela de hilos oníricos que distorsionaba la realidad con el leve movimiento de sus pliegues. No lo esperaba, y había olvidado que hubo un tiempo en el que habían sido amigos. Muy buenos amigos.
– He estado bien, Yoni –respondió, aunque notó un regusto amargo al hablar.
En el semblante del hombre apareció una mueca de tristeza que rápidamente se transformó en pena, y en menos de lo que dura un parpadeo de ojos pequeños terminó su transfiguración en un exagerado gesto de incredulidad.
– ¿No me digas que aún estás enfadada conmigo? –la hablaba con mucha ternura–. Tenemos una conversación pendiente y esta vez no vas a poder evitarla –continuó sin dejarla responder. Señaló con la mano hacia las dos mujeres que lo acompañaban y las presentó–. Mira, ellas son María y Verónica, mis hermanas.
– ¿Tus hermanas? –ella no recordaba que a su amigo le quedara familia.
– Sí –continuó sin dar tiempo a que se saludaran y dejando a las mujeres en una situación incómoda–. Mañana vamos a hacer una cena de amigos en mi casa a la que no puedes faltar por varios motivos.
– ¿Ah?, ¿sí? ¿Cuáles? –preguntó divertida a su pesar.
– Si quieres saberlo, tienes que venir –Yoni cogió su brazo con delicadeza y le puso algo en la palma de la mano. Con una sonrisa insistente, agregó—: por favor, ven.
Ella cerró los dedos de forma involuntaria y antes de que pudiera reaccionar, estaba volando nuevamente entre los brazos del hombre. La bajó al suelo con suavidad y se alejó, iniciando otra animada charla con las dos mujeres sin volver la vista atrás.
– ¿A que sí? ¡Guapísima…! ¡No, no creo que la conozcas…! Mañana…
Ella se quedó quieta, mirando cómo se alejaban. El sonido de la voz de su amigo se atenuaba con la distancia y, finalmente, desapareció al atravesar las puertas de aire.
Lila buscó con la mirada algún lugar donde tirar lo que su amigo le había dado. No tenía ninguna intención de ir. Miró su mano y se quedó perpleja: ¡le había dado una tarjeta de tinta dérmica!
Salió corriendo en dirección a las puertas etéreas. Al atravesarlas se encontró en el vestíbulo de los escaparates, pero no había nadie allí. Al fondo vislumbraba la salida, aunque no había dado tiempo a que el trío lo cruzara. Estuvo unos segundos un poco desorientada mirando hacia los diferentes escaparates y caminó lentamente hacia el del espejo negro. Observó el interior encontrando lo mismo que la última vez: nada.
Se giró con un gesto de frustración y pensó que el problema ya estaba con ella y que, aunque fuera algo infantil, era todo suyo. Al mirar su mano vio que ya no estaba la tarjeta y en el dorso de la extremidad derecha habían empezado a dibujarse unas letras con trazos que recorrían los dedos y la muñeca. Los colores eran vivos, azules esplendidos, verdes esperanzadores, rojos violáceos fluorescentes y todos cambiaban de intensidad provocando variados fulgores. De noche o de día, cualquiera podría verlo en un radio de un kilómetro sin utilizar ningún dispositivo de acercamiento visual. Las letras decían:
S. 103. 28 h. Siempre tuyo.
Movió la cabeza con un gesto de cansancio y entró en la tienda de nuevo. Sabía que esos caracteres la acompañarían hasta el día siguiente, y que no podía hacer nada para evitarlo.
Continuará…
